
Un abrazo de nostalgia le dará la afición al Romelio Martínez. Después de 24 años, dos meses y 27 días, el Junior jugará hoy de nuevo un partido por el torneo principal en ese estadio donde tatuó recuerdos y títulos que lo hicieron grande.
Los Tiburones, que se miden al Tolima, en la tercera jornada de la Liga Postobón, a partir de las 3:30 p.m., retornan a su cuna profesional mientras el estadio Roberto Meléndez se somete unas refacciones en el terreno de juego.
Muchas cosas han cambiado desde el 4 de mayo de 1986, día en que el club rojiblanco, con goles de Julio César Uribe y Rolando Campbell, derrotó 2-0 al Santa Fe y le dijo adiós al gigante de la 72.
Junior se fue con dos estrellas en su escudo y ahora brillan seis. Ya no es Martín Cañate quien cuida la cancha. Ya no es Hablando Armando el que vende y lanza las butifarras. El corito celestial alterna con cantos importados de Argentina. La muchachita que paralizaba la gradería de sombra con su movimiento de cadera al ritmo de la cumbia ahora es una señora a la que nadie ubica con exactitud. Ahora sí se comercializan y se encuentran en cualquier esquina (originales y piratas) las camisetas rojiblancas que antes escaseaban en las tribunas. Siguen cantando los himnos, pero ya no aparece Elías Chegwin dando cátedra de civismo y amor por la bandera.
a no está Dulio Miranda intimidando a Willington Ortiz con sus caricias de karateca. Ya no es Delménico el que convierte su arco en una pista de aterrizaje para sus vuelos de un lado al otro. Ya no están Dida o Ephanor deleitando con sus ‘gambetinhas’ mágicas e imborrables. Ya no existe Piolindo, tampoco el Ley, ya no narra Édgar Perea Arias, Fabio Poveda nos ve en el cielo, abrirán Vietnam, pero está cerrada Corea y una parte de la 46.
No es el mismo público. No es el mismo Romelio rozagante. No es la misma ciudad. De los buses antiguos y repletos en los que un ayudante con medio cuerpo asomado en la puerta gritaba: ¡Estadio! ¡Estadio!, se pasó a los articulados con aire acondicionado, carril exclusivo y tarjetas inteligentes.
Asistir al Romelio ya no es el único plan. Hay centros comerciales, televisión por cable y satelital, Internet, Play Station y un montón de innovaciones tecnológicas impensadas en la época de las largas colas desde las 10 de la mañana.
Hay algo que jamás cambió: la pasión y el amor hacia al Junior. De diferentes formas, en ese punto todavía se coincide.
Somos muchos los que nunca vimos al Junior jugar un partido estelar en el Romelio, pero hemos escuchado hablar tanto al respecto, que conocemos la historia y las anécdotas como si las hubiéramos vivido.
Ya con canas y bastón, el escenario de 76 años de existencia parecía condenado a eventos carnavaleros y a los partidos sin bombos, sin platillos y sin público. El coloso de la Ciudadela se llevó la gente, los goles, las figuras, las butifarras, las miradas y toda la fiesta rojiblanca, que se volverá a vivir hoy allá en sol y sombra.
El regreso será por fuerza mayor, no por una remodelación que merece un escenario tan querido y con tanta historia. Pero cualquiera que sea el motivo siempre es bueno volver saludar a los viejos amigos.
El Romelio: cancha chica, infierno grande
Jossymar Gómez fue de los jugadores que siempre pensó que jugar en el Romelio Martínez sería mejor que en el estadio Jaime Morón de Cartagena, el Arturo Cumplido de Sincelejo o el Armando Maestre Pavajeau de Sincelejo.
El samario, acostumbrado a moverse en el gramado del vetusto escenario por su paso por el Barranquilla FC, sabe como domar los ‘morritos’ y como explotar una cancha con dimensiones menores a las que tiene el estadio Metropolitano Roberto Meléndez.
“Las canchas de los otros estadios no están buenas. En el Romelio por lo menos vamos a tener el apoyo de la afición”, fue la preferencia de Jossymar cuando cuando ya se pensaba en jugar en el viejo recinto tras el fracaso económico en La Heroica, en la primera fecha ante Pereira.
Gómez podría tener razón. Cancha chica, infierno grande. El terreno de juego del Romelio no es tan amplio y difícil para esconderse como el del Metro. Los rivales pueden tener “facilidad para su trabajo táctico”, como dice Giovanni Hernández, pero la presión y respaldo del público se siente mucho más.
Las gradas están más cercanas a la cancha y los gritos de los aficionados se escuchan claramente. Es un tormento para los visitantes.
Al final de cuentas eso no gana partidos y como reza la frase de cajón, “en el campo son once contra once”. Sin embargo, suma bastante el aliento del jugador número 12.
“La euforia del público se sentía mucho más ahí. Era muy difícil que nos robaran en ese estadio. Al árbitro se le hacía más difícil”, recordó el ex lateral barranquillero Juan Carlos Abello.
Una cosa por otra. Mientras se refacciona la cancha del Metro, hay que adaptarse al terreno de juego del Romelio y aprovechar sus ventajas.
Fuente:EL HERALDO – Barranquilla


